IV mandamiento
El día en que me parió,
contaba ella que sus aretes
eran tiernamente seguidos
por mis primogénitos ojos.
Ella conocía los deseos
más profundos de mi corazón
sin yo habérselos comunicado,
porque al único que se los cuento
es a Dios.
En cada paso que di
para ser lo que soy
la busqué para abrazarla
y siempre estuvo ahí,
con el más puro beso en mi mejilla.
La extraño, pero la extraño bonito,
desde el amor, no del remordimiento,
porque honré cada mueble que armó,
cada pieza de madera que lijó,
cada plato de comida que me preparó
y cada beso y abrazo que me dio.
El alma de la mujer que más me amó
hoy reza por mí.
El alma de la mujer que más he amado,
hoy revive y vive en mí.
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